La primera vez que viajé a Barcelona, paré en casa de un amigo que, para estudiar su ciclo, cada día tenía que coger el cercanías y recorrer una distancia considerable. Un día decidí acompañarle hasta la ciudad para aprovechar y hacer algo de turismo tradicional.
Esperabamos en el andén, y aparece a lo lejos la luz del tren. Me pongo de pie, avanzo unos metros hacia la derecha y oigo... "¡¡¿Pero a dónde vas?!!". "Al tren", contesté con cara de de estar diciendo una obviedad. Pues no.
"No, no, no. Ni hablar, en ese vagón no, tenemos que subir en el séptimo empezando por la derecha, porque es el único que nos deja cerca de la salida de la estación a la que vamos". Asentí con la cabeza sin demasiado convencimiento, y me dispuse a entrar al tren.
"Noooooo, por esa puerta no, que que si nos bajamos por esa luego hay que dar un pequeño rodeo para pillar las escaleras mecánicas". No respondí. Asumí que directamente estaba loco.
Ahora que paso más tiempo en el tren que en tierra firme, me doy cuenta de que uno se hace con unas costumbres de lo más raras. Ya no sólo calculo las puertas por las que entrar y salir, no sólo me sé los horarios de las 19 estaciones de la línea, sé qué estaciones tienen mayor probabilidad de que se suba un tío bueno, sé qué revisor me va a pedir el abono y cual no, identifico a los pasajeros sin billete a kilómetros, y sé qué días trabaja cada maquinista.
¿Lo mejor de todo? Que ni siquiera ha comenzado el curso.